LA ESPADA PERSA / Cuento fantástico
Por Christian Watson
Soy un soldado romano. Mi legión y yo estamos en batalla. Lo que era un valle inmenso de caliza aprisionado por cadenas largas de montañas, ahora es una pintura abominable donde deambulan hombres que sangran, agonizan, e inevitablemente mueren.
Un gigantesco espectro de aire naranja ha ocupado el cielo de todo el planeta. En el horizonte lejano pasan nubes negras, accidentales, puesto que nada horrendo presagian para mí. Por eso estimo que hoy no moriré. Además, cuando asignaron posiciones tuve suerte. Aquí en la retaguardia, no va a alcanzarme la onda expansiva de combates que detonó cuando chocaron los ejércitos.
Cinco años después escribo esta historia de los hechos esenciales de mi vida, que cambiaron el orden natural del tiempo en el universo, aunque nadie lo supiera, más allá de mí. Los verbos están en presente, pues ya no distingo el pasado del futuro.
Es la jornada inaugural de guerra ante las hordas de China. Nos ordenaron avanzar sin detenernos, hasta que acabe la eternidad. Somos nosotros, cada uno, estacas vivas de frontera, que sin parar está moviendo el emperador desde Roma.
De pronto, me solicita urgente un superior muy alto. Algún fisgón maleducado espió mis notas de viaje y me hizo fama de cronista.
En un instante gano prestigio, gano un destino intolerable y ciego que se me impone con él.
La atmósfera naranja desfallece ante el empuje de una noche gris. Cesan los combates. Me asignan un caballo bravo y parto rumbo a Arabia, con mi primera misión de historiador. Me han advertido fuertemente: “Nos interesa retratar la vida de nuestros prisioneros de guerra; el mundo anhela conocer no sólo el progreso; también el caos con que los dioses de Roma dan equilibrio justo al universo”.
Recuerdo el mal sabor que me dejó el mensaje tan retórico. Recuerdo la sonrisa amarga y silenciosa de mi mente al escuchar esa mentira.
En Medio Oriente me entrevisto con los presos más bestiales del Imperio. Lleno montones de cuadernos judiciales que acaso nadie va a divulgar. En un principio sigo cuerdo. Después me invaden el placer del odio y del castigo. A cada presidiario, los centuriones dan azotes con el hierro en las costillas. Yo me deleito, como un demente enajenado, hablándoles de inconsolables y espeluznantes torturas.
Naturalmente, soy ascendido. En pocos meses se me otorga el título cuasinobiliario de verdugo.
Un día me encargan ejecutar a tres ingobernables prisioneros políticos. Uno está loco, pero lo siguen tantos amigos, que son en realidad una multitud.
Para estas muertes solicité la espada persa, que es una cruz enorme de madera, y que se clava como un poste en el suelo.
Me decidí por colocar en medio al hombre insano. Quise que su presencia destacase, y su pavor se propagara en sus molestos seguidores. Pero esa fue la peor de mis vilezas, pues el insano y loco... era Dios.
A continuación seguí mi vida como siempre, aunque las evidencias me acosaron cada día. Él pareció estar esperando su venganza, porque al instante en que sentí arrepentimiento, me fulminó con un ataque al corazón.
Luego, increíblemente desperté. Vi un cielo rojo, naranja, deslucido, y me creí en el infierno. Pero era un valle inmenso de este mundo. Había vuelto al campo fronterizo de batalla donde mi Imperio y yo dábamos lucha a los chinos. Era la tarde previa a que partiera en viaje con mi primera misión de historiador.
No sé por qué contar lo obvio. Dejé caer mi espada de combate, y escapé...

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